La escucha activa: reaprendiendo a comunicarnos

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La escucha activa es una técnica de comunicación que nos permite generar un clima de aceptación, libertad y comprensión. Es una herramienta fundamental para cualquier terapeuta, pero también de gran utilidad para mejorar nuestras relaciones interpersonales y comunicaciones grupales. En este artículo exploraremos qué es, qué técnicas emplea, qué obstáculos podemos encontrar y en qué casos puede no ser buena idea usarla.

Veremos la escucha activa especialmente desde la perspectiva de una interacción entre dos personas en una relación familiar, amorosa, de amistad o de trabajo, donde aquello que se está hablando puede tener que ver con un conflicto entre ellas. La perspectiva del terapeuta suele ser más distanciada, ya que este no suele participar en el conflicto que la persona expone; sin embargo, mucho de lo que veremos se emplea también en el ámbito terapéutico.

Primero de todo, debemos reconocer que en nosotros lo habitual no es una escucha activa sino más bien una “escucha reactiva”. En comunicación con los otros, la mayor parte del tiempo estamos atentos en buena medida a lo que nosotros vamos a aportar a la conversación cuando nos llegue el turno de hablar, lo que hace que gran parte del mensaje de nuestro interlocutor se pierda. No solo eso, en algunos casos y situaciones existe la tendencia a interrumpir al otro o completar lo que dice con nuestras propias palabras, tal vez con la intención de ayudarle si no encuentra la palabra que busca. Si este hábito se vuelve muy común, es posible que nuestro interlocutor sienta que no está siendo respetado.

Es por eso que habilidades alternativas de comunicación con el otro se vuelven necesarias, más aún cuando en nuestra sociedad actual se está dando una tendencia hacia la aceleración y cada vez nos resulta más difícil concentrarnos y mantener la atención en un solo objeto. La capacidad de escuchar activamente, poniendo toda nuestra atención en la otra persona, se vuelve una habilidad de gran valor, e incluso una manera de demostrarle amor y respeto. Esto no significa que la escucha activa sea aplicable ni deseable en todas las situaciones, pero sí es beneficioso practicarla y sentirnos cómodos con ella para que cuando la situación lo requiera podamos entrar en este modo de comunicación fácilmente.

Todos deseamos que nos escuchen. Cuando somos escuchados y comprendidos, nuestro sentido de pertenencia se fortalece, y con él nuestra autoestima. Al validarse nuestras emociones y experiencias, nos sentimos apoyados y seguros.

Qué es la escucha activa y cuándo surge

Hay muchas maneras en que escuchamos a los demás. Además de la escucha activa, habitualmente realizamos una escucha crítica, escucha reflexiva y escucha pasiva. Vamos a ver cada uno de estos tipos de escucha y cómo se relacionan con la escucha activa.

La escucha crítica requiere el mayor esfuerzo. Implica procesar un mensaje mientras usamos nuestro propio juicio para diferenciar entre hechos y opiniones. También requiere hacer un análisis y opiniones del mensaje que se transmite. Se usa más comúnmente en situaciones en las que tenemos que evaluar información y desarrollar una opinión, como escuchar las noticias o un discurso político.

La escucha reflexiva implica usar nuestras propias palabras para repetir lo que escuchamos decir a nuestro interlocutor. No requiere que analicemos o juzguemos las palabras, sino solo hacerle saber al orador que hemos recibido y entendido su mensaje.

La escucha pasiva no requiere nada del oyente más allá de permitir que el interlocutor pronuncie sus palabras. La mayor parte del tiempo escuchamos pasivamente, simplemente esperando nuestro turno para hablar. Prestamos nuestra atención a la voz de alguien sin ninguna intención de responder al mensaje.

Existe otro modo de comunicarnos más allá de estos tres tipos de escucha. En el ámbito terapéutico se conoce desde los años 50 un modo de comunicación que pone en el centro a la persona a la que estamos escuchando, sus experiencias y sentimientos. En 1957 Carl Rogers y Richard Farson le pusieron el nombre de escucha activa, presentándola como un método que “requiere que nos pongamos en la piel del que habla, que percibamos, desde su punto de vista, lo que nos está comunicando, y hagamos llegar a nuestro interlocutor que estamos en efecto viendo las cosas desde su punto de vista”[1]

Lo que Carl Rogers había observado en sus estudios sobre lo que hacía a algunos consejeros más efectivos que a otros fue que los mejores destacaban por escuchar más que hablar. Hasta aquel momento, ayudar a las personas con sus problemas se creía que requería hacer preguntas, dar información, aconsejar, juzgar, analizar y tranquilizar. Estas técnicas más tarde se convertirían en barreras para la escucha activa.[2]

Un estudio de 2014 analizó las interacciones entre 115 participantes y 10 personas capacitadas en escucha activa. Los investigadores encontraron que los participantes que recibieron la escucha activa se sintieron más comprendidos y estaban más satisfechos con la conversación que los participantes que recibieron consejos o reconocimientos simples.[3]

La escucha activa implica una combinación de crítica, reflexión y escucha pasiva. Los oyentes activos utilizan la escucha crítica para interpretar un mensaje y emitir juicios sobre las emociones y los sentimientos del hablante y las señales no verbales que emite; la escucha reflexiva para ayudar al orador a sentirse escuchado; y el silencio de la escucha pasiva para permitir que el hablante tenga tiempo ininterrumpido para transmitir su mensaje.

Técnicas de escucha activa

Expresar empatía

La empatía, la habilidad de sentir lo que el otro siente e imaginar lo que debe de ser estar en su lugar, es una de las claves fundamentales de ser un buen oyente.

La empatía necesita ser genuina. Si en nuestra comunicación con la otra persona no somos capaces de ponernos en su lugar y comprender los motivos de sus acciones o sentimientos, es probable que la comunicación se malogre y nuestro interlocutor no se sienta en confianza con nosotros. Fingir que empatizamos será incluso contraproducente.

Desarrollar la empatía es una pieza clave para mejorar nuestra comunicación con los demás, así como también para que nos movamos con mayor naturalidad y resiliencia en el mundo. Las personas siempre hacemos las cosas lo mejor que sabemos dadas nuestras circunstancias y conocimientos, incluso cuando actuamos de formas que son vistas comúnmente como erróneas o perjudiciales. Equipados con esta comprensión, podremos escuchar y entender mejor al otro y también a nosotros mismos.

Es fácil que falle la empatía cuando usamos escucha activa para resolver conflictos que tenemos con otra persona, sobre todo si están muy cargados emocionalmente, ya que nuestra percepción de la situación y las emociones que sentimos suelen no estar alineadas con las del otro. Cuando nos encontremos en esta situación, una buena opción puede ser admitir que necesitamos algo de tiempo y distancia para aliviar nuestras emociones y poder ponerle perspectiva a lo que la otra persona nos ha comunicado.

Parafrasear

Cuando parafraseamos, buscamos hacer ver a la persona que la hemos entendido. Si nuestra paráfrasis es incorrecta o inexacta, la otra persona tiene la oportunidad de corregirla; si hemos acertado, la persona sentirá que hemos entendido y escuchado la parte verbal de su mensaje.

En un estudio de 2010, los investigadores pidieron a los entrevistadores que parafrasearan los comentarios hechos por los participantes. Encontraron que la paráfrasis condujo principalmente a una mayor simpatía por el entrevistador, pero no afectó la forma en que los participantes se sintieron por su entrevistador o cuán satisfechos estaban con la conversación. Su conclusión fue que esto puede deberse a que parafrasear indica que estamos de acuerdo con el mensaje. Si sentimos que el oyente está de acuerdo con nosotros, es más probable que tengamos una visión positiva de él, incluso si esto por sí solo no siempre nos ayuda a sentirnos comprendidos o satisfechos con la conversación. Como tal, la paráfrasis es más efectiva cuando se usa junto con otras técnicas que abordan las señales no verbales de un hablante.[4]

Emplear la comunicación no verbal

La comunicación no verbal, o paralenguaje, es cualquier tipo de comunicación que no involucra palabras. Cuando como oyentes usamos señales no verbales, hacemos ver a la persona que está siendo escuchada y atendida. Algunos ejemplos de paralenguaje son vocalizaciones, como “hmm” y “ahh”; también el tono y volumen de la voz; gestos con las manos y la cabeza, como asentir; la postura y la posición del cuerpo, como tener los brazos abiertos en vez de cruzados; expresiones faciales, como la sonrisa; y el contacto visual.

Un estudio de 2013 **analizó la conexión entre la comunicación no verbal y la percepción de los médicos como empáticos. Llegó a la conclusión de que había una relación positiva significativa entre los comportamientos no verbales y la percepción de los pacientes sobre la empatía de los médicos. Además, cuando los médicos prestaban atención al comportamiento no verbal de sus pacientes, los pacientes se sintieron más satisfechos con la interacción.[5]

Cuando se usan en conjunto, la paráfrasis y la comunicación no verbal pueden hacer que los hablantes se sientan más comprendidos y conectados y, por lo tanto, más satisfechos con las interacciones.

Reconocer las emociones del otro

En su artículo de 1957 sobre la escucha activa, Rogers y Farson observaron que responder a las emociones es tan importante como responder al lenguaje verbal y no verbal. Etiquetar las emociones de una persona, simplemente notar, reconocer y nombrar una emoción, les da la confianza de que comprendemos el contenido emocional del mensaje que están tratando de comunicar.

Esta técnica puede ser particularmente útil cuando un orador parece tener emociones fuertes que no se expresan con palabras. Al etiquetar las emociones negativas, podemos asignar la etiqueta directamente a la persona (por ejemplo, “Parece que estás realmente enfadado”) o al tema de la conversación (“Tener que perder tu viaje debe ser muy decepcionante”).

Sin embargo, debemos tener cuidado con asignarle a la persona emociones que tal vez no sienta. Si no estamos seguros de qué emoción está sintiendo, podemos convertirla en una pregunta. Desde el más general “¿Qué te hace sentir eso?” a emociones específicas que creamos haber detectado, “¿Te sientes enfadado?”. Invitemos a la persona a que identifique y exprese sus emociones como parte de su desarrollo de la inteligencia emocional y así aprenda a reconocer las necesidades que puede que no estén siendo satisfechas.

Validar las emociones

Seguro que alguna vez nos hemos sentido enfadados por algo y, además, culpables por sentirnos enfadados. Estos sentimientos, o combinaciones similares, surgen cuando pensamos que no deberíamos sentirnos como nos sentimos. Pero cuando somos capaces de aceptar nuestras emociones, las validamos, otorgándonos permiso para experimentar verdaderamente nuestros sentimientos.

A través de la escucha activa, permitimos que los demás expresen libremente sus emociones y opiniones. Y reconocemos que, independientemente de si estamos de acuerdo con el estado de ánimo del hablante, tienen derecho a sentir lo que sienten y pensar lo que piensan. Algunos ejemplos son: “Tienes todo el derecho de estar enfadado”, “Es tu opinión y tu derecho a tenerla” y “Está bien sentirse molesto”. En última instancia, cuando validamos las emociones de los demás, las personas se sienten comprendidas y apoyadas.

Redireccionar

La redirección es una técnica utilizada para dar la vuelta a la conversación cuando la persona se sale del tema del que estamos hablando o bien se genera una tensión demasiado intensa. El giro que damos puede ser hacia el tema original de la conversación o un cambio hacia un tema menos volátil.

En el primer caso, si la persona no responde a nuestras preguntas o inquietudes, tal vez no nos está escuchando o tiene dificultades para comprender nuestro mensaje. En este caso, reformular lo que hemos dicho podría ayudar. Si eso no funciona, podemos hacerle notar que estábamos hablando de una cosa y ahora parece que el tema ha cambiado. Si la persona ha sacado a colación un problema o queja sobre un tema diferente, podemos reconocer su preocupación y pedirle que primero terminemos de discutir el tema inicial (por ejemplo, podemos estar hablando sobre los gastos del hogar y nuestra pareja nos dice que estamos poco tiempo en casa). Si, por otro lado, la persona cambia de tema y sigue volviendo a él repetidamente, es posible que solo necesite algo de tiempo para desahogarse. Si podemos sostenerlo, es buena idea permitirle hablar de lo que tiene en mente y es importante para él o ella.

En cambio, si la situación está volviéndose demasiado tensa, la redirección nos puede ayudar a aliviar esa tensión. Lo primero será reconocer que la conversación se ha encendido. Nos fijaremos cuando empecemos a sentirnos heridos, confundidos, enfadados o atacados y trataremos de recordar lo que se dijo específicamente para hacernos sentir así. Seremos conscientes del tono en el que estamos hablando, tratando de bajar el volumen y hablar más lento. Cuando nos sentimos ofendidos, generalmente aumentamos la velocidad a la que hablamos y el volumen de la voz, a menudo sin darnos cuenta.

Una vez que tengamos una buena comprensión de lo que sentimos, se lo expresaremos a la otra persona: “Cuando dijiste _____, sentí ______ porque pensé que estabas diciendo ______. ¿Puedes aclararme lo que realmente quisiste decir?” Por otro lado, admitiremos cómo hemos contribuido nosotros también a aumentar las tensiones. Si la persona nos ha ofendido, buscaremos primero qué es lo que nos ha ofendido exactamente y lo reconoceremos. Por otro lado, es importante poder empatizar con la otra persona: escucharemos lo que dijo, reconoceremos sus preocupaciones y validaremos sus emociones. Luego, podemos proceder a explicar nuestro punto de vista.

Si todo lo demás falla, es fundamental ofrecernos espacio. Usando un tono tranquilo y no amenazante, expresaremos que necesitamos espacio y tiempo para calmarnos y que volveremos a hablar de ello en otro momento. Es una buena idea buscar alguna una actividad que nos relaje o tarea que requiera poco esfuerzo mental (escuchar música, lavar los platos, dar un paseo…). Es importante hacerle saber al otro lo que vamos a hacer para que no dé por hecho que simplemente nos estamos marchando. Podríamos incluso incluir a la otra persona en esta actividad, si podemos sostener la situación. Realizar una actividad en silencio con el otro es una forma de volver a estar sincronizados.

Usar el silencio

Muchas personas asocian el silencio con la incomodidad, pero en realidad el silencio es una habilidad de comunicación muy efectiva. Se puede utilizar para dar a los hablantes espacio y tiempo ininterrumpido para hablar, entender sus pensamientos y sentir la profundidad y amplitud de sus emociones.

¿Cuánto tiempo en silencio? Esto depende de la situación y la persona. De cinco a diez segundos suele ser suficiente. Mientras estemos en silencio, debemos mostrarle a la persona que estamos ahí y no nos hemos distraído. Podemos alternar entre mirar a la persona a los ojos unos segundos y mirar hacia abajo (no hacia arriba o hacia los lados, pues puede parecer que estamos poniendo los ojos en blanco). Durante este tiempo, podemos pensar cómo debe estar sintiéndose o qué está experimentando la otra persona.

Observaremos lo que expresa su lenguaje no verbal. Si parece distraída, quizá sea necesario que nosotros rompamos el silencio; si está llorando, le ofreceremos tiempo y, si es apropiado, nuestro contacto físico; si lleva un rato mirando al suelo y ha levantado la mirada, puede que quiera que hablemos nosotros; si parece que quiere decir algo pero no lo hace, podemos alentarla suavemente, “¿En qué piensas?”. Si abren la boca o inhalan profundo, esto indica que quieren hablar.

Tal vez le hayamos hecho una pregunta complicada a la otra persona (y debemos ser conscientes de que lo que para nosotros es una pregunta simple, tal vez para otro no lo sea). En tal caso, permitirle unos segundos para reflexionar y responder suele ser más efectivo que llenar el silencio con más palabras.

Si el silencio lo estamos usando como técnica defensiva, es decir, cuando nos encontramos en una situación tensa, hablando sobre algo que nos cuesta o resulta doloroso, es preferible que le digamos a la otra persona que necesitamos un poco de tiempo, bien porque no sabemos qué decir o bien porque estamos alterados y no queremos hablar. Seguramente también nos ayude poner distancia física y reanudar la conversación cuando hayamos procesado nuestras emociones y pensamientos.

Los obstáculos a la escucha activa

Los obstáculos a la escucha activa son ciertos hábitos de comunicación que pueden impedirnos tener una conversación exitosa en la que los dos interlocutores sientan que se han comprendido el uno al otro y progresado en el objetivo que se buscaba de la conversación. Veamos algunos de estos obstáculos para poder identificarlos y evitarlos en un futuro:

Juzgar: cuando nuestra mente está llena de juicios, no tenemos espacio para asimilar y escuchar las opiniones de los demás. Nuestras actitudes y prejuicios pueden nublar nuestra capacidad de escuchar y comprender al otro. Si somos capaces de soltar las suposiciones negativas sobre los demás, podemos observar su perspectiva con una mente abierta, reconociendo las suposiciones negativas que estamos haciendo y luego desafiándolas con hechos. La mayoría de las veces, encontraremos que nuestras suposiciones se basan en una realidad distorsionada.

No apartar por un momento nuestras necesidades: cuando escuchamos a los demás, a veces debemos, al menos momentáneamente, apartar nuestras propias necesidades emocionales. Podemos pensar en esto como poner nuestras necesidades en un estante mientras escuchamos. Imaginamos que podemos tomar nuestras cargas y ponerlas físicamente en el estante: esto nos ayudará a sentir que tenemos más control. Mientras están ahí, son visibles pero no nos pesan; somos conscientes de ellas pero no dejamos que nos afecten. Por supuesto, no pueden permanecer en el estante para siempre, pero pueden colocarse allí temporalmente mientras manejamos otras responsabilidades, en este caso, estar completamente presente y escuchar a la otra persona.

No regular nuestras emociones: cuando experimentamos emociones fuertes, tendemos a reaccionar impulsivamente, gritando, llorando, exhibiendo un lenguaje corporal agresivo o diciendo cosas hirientes a las personas que nos importan. En este estado mental, no podemos comunicarnos de manera efectiva. Es inevitable que nos encontremos en situaciones en las que las personas digan cosas que desencadenen sentimientos negativos, por lo que debemos identificar los factores desencadenantes, pedir espacio si es necesario, expresar los sentimientos negativos con un tono de voz tranquilo y buscar aclaraciones. A menudo, nos sentimos molestos por una suposición sobre lo que quiso decir la otra persona, incluso si no es lo que realmente pretendía. Al buscar aclaraciones antes de reaccionar, podemos evitar o manejar el conflicto.

Hablar sin filtro: cuando hablamos sin filtro, podemos herir involuntariamente los sentimientos de alguien. Esto tiende a ocurrir cuando no prestamos suficiente atención a las palabras que elegimos, ya sea porque estamos distraídos o porque no nos importan los sentimientos de la otra persona en ese momento.

Estar distraídos: si estamos distraídos durante una conversación, la gente generalmente lo notará. Intentaremos guardar el teléfono u otros objetos que nos interrumpan e incluso ser honestos sobre el “ruido” que está causando una interferencia en la comunicación.

No respetarnos: para respetar a la persona que habla, primero tenemos que respetarnos a nosotros mismos. Si no lo hacemos, corremos el riesgo de exponernos a que la persona tal vez se aproveche de nosotros, lo que puede hacer que sintamos resentimiento, obstaculizando el estar presentes para la otra persona. Respetarnos a nosotros mismos significa establecer límites saludables, no someternos al abuso emocional o a la presión de los demás. Significa que no podemos prestar nuestro oído eternamente para el otro, tenemos que respetar nuestro propio tiempo, espacio y limitaciones. En nuestras comunicaciones, todos tenemos la misma oportunidad de ser escuchados.

Cuándo puede no ser recomendable la escucha activa

La técnica de la escucha activa no es necesario ni recomendable aplicarla en todas las conversaciones y discusiones. Esta técnica surgió en el ámbito de la psicología clínica y se desarrolló también en la esfera educativa y de la crianza, dando muy buenos resultados en estos medios.

En el ámbito de una discusión intelectual o debate, por ejemplo, la escucha activa sería menos beneficiosa que el intercambio de preguntas, críticas o aportaciones de ideas. Igualmente, en una sesión de brainstorming, en la que se requiere que cada persona aporte libremente y sin restricciones al flujo de ideas, la escucha no es tan importante como la interacción.

Por último, y más importante, la escucha activa no debe ser usada para descargar sobre el otro nuestras frustraciones, amparados en que nuestro interlocutor no pueda intervenir para interrumpirnos y deba responder con comprensión y empatía. En el complejo mundo de las relaciones interpersonales, la comprensión y la empatía no siempre son posibles, sobre todo si la persona que se supone que debe mostrarlas se siente atacada.

Esto se observa, por ejemplo, en discusiones de pareja en las que uno de los miembros realiza una crítica feroz del otro. Requiere un extraordinario control emocional, que la mayoría de personas no hemos alcanzado, sostener la escucha activa en estas situaciones. Lo más recomendable es poner fin a la conversación temporalmente y establecer unas bases para retomarla posteriormente.

Dentro de estas bases encontraríamos puntos clave como el respeto al otro, tratar de entender su realidad (sin dar por sentado que la entendemos a priori), no culpabilizar, hablar desde nuestra posición individual (desde el “yo”, no el “tú”) y establecer qué necesitamos, en positivo.

Como ya hemos visto, la escucha activa requiere responder sin juzgar al otro y aceptando todos los pensamientos y sentimientos que la otra persona expresa. Al desarrollarse en un ámbito clínico, esta técnica hacía posible que se creara un espacio seguro en consulta, un espacio en el que la persona pudiera explorar su interioridad sin temor y confiar en el terapeuta. No obstante, los temas de los que se hablaba no concernían al terapeuta, sino a la vida de la persona que acudía a consulta, y cuando la conversación viraba y se convertía en una queja sobre el terapeuta, el terapeuta detenía la escucha activa y cambiaba su abordaje hacia otras técnicas.

De hecho, se ha observado que la terapia marital convencional, basada en la escucha activa, no suele ser muy efectiva. Un estudio de esta terapia realizado por Kurt Hahlweg encontró que incluso después de emplear técnicas de escucha activa, la pareja promedio todavía se sentía angustiada. Las pocas parejas que se beneficiaron recayeron al cabo de un año.[6] En la investigación de John M. Gottman, la amplia gama de terapias de pareja basadas en la resolución de conflictos compartía un nivel muy alto de recaída. La mejor de este tipo de terapia marital, realizada por Neil Jacobson, tuvo solo una tasa de éxito del 35 al 50%. Un año después, solo del 18 al 25% de las parejas que participaron en la terapia conservaron estos beneficios.[7]

Conclusión

La escucha activa es una técnica de comunicación que nos puede ayudar a vincularnos mejor con las personas de nuestro entorno y, si tanto si somos terapeutas como si somos amigos, pareja o familia, a crear un clima de confianza, seguridad y comprensión fundamentales para que la persona pueda explorar su interioridad.

En mi trabajo con todo tipo de personas, en consulta y en clase, he observado muchas veces que lo que más necesitamos no siempre es consejo, sino un oído atento y comprensivo, contar con alguien que nos permita expresarnos abiertamente y que nuestras emociones sean validadas.

Cuando se nos escucha de forma activa y con sensibilidad, estamos más abiertos a escucharnos a nosotros mismos y observar exactamente lo que sentimos y pensamos. La escucha reduce la sensación de amenaza que produce que nuestras ideas vayan a ser criticadas y hace que las valoremos más y desarrollemos mejor.

Además, al sentirnos escuchados y protegidos de ataques y juicios, la imagen que mantenemos de nosotros mismos hacia el mundo deja de ser un escudo para poder ser explorada, vista tal cual es y analizada desde nuestro propio punto de vista. Nos podemos mirar en el otro como si este fuera un espejo. Entonces sentimos que podemos cambiar esa imagen si nos resulta necesario. Todo esto sin que el terapeuta o el oyente exprese su opinión o nos dé consejo, simplemente escuchando y atendiendo a los pensamientos y las emociones que están siendo expresados.

La escucha activa hace posible un espacio de no crítica, no juicio, libertad, permisividad y comprensión, aceptación y calidez. Solo en un espacio como este nos sentimos seguros para poder llegar por nosotros mismos a los cambios que necesitamos hacer.

Referencias

  1. Rogers, C. R., & Farson, R. E. Active listening. Industrial Relations Center of the University of Chicago, 1957.
  2. History of Active Listening by Dr. Thomas Gordon, ParentEffectiveness. https://www.youtube.com/watch?v=pcwjbvA4i08
  3. Weger Jr, H., Castle Bell, G., Minei, E. M., & Robinson, M. C. «The relative effectiveness of active listening in initial interactions». International Journal of Listening, 2014, 28(1), 13-31.
  4. Weger, Harry y Castle, Gina. «Active Listening in Peer Interviews: The Influence of Message Paraphrasing on Perceptions of Listening Skill». International Journal of Listening, 2010 24(1):34-49.
  5. Montague, Enid, Ping-yu Chen, Jie Xu, Betty Chewning, yBruce Barrett. «Nonverbal Interpersonal Interactions in Clinical Encounters and Patient Perceptions of Empathy». Journal of Participatory Medicine 2013, 5, 33.
  6. Hahlweg, Kurt y Markman, Howard. «Effectiveness of behavioral marital therapy: Empirical status of behavioral techniques in preventing and alleviating marital distress». Journal of consulting and clinical psychology, 1988, 56, 3, 440.
  7. Gottman, John M. The seven principles for making marriage work, 2015.

Asesor en Nutrición Emocional y Alimentación Consciente

Este artículo forma parte de los contenidos que desarrollamos durante la formación integral de Asesor en Nutrición Emocional y Alimentación Consciente, enfocados a realizar un profundo trabajo de re-conocimiento y revisión personal, así como a desarrollar el potencial para acompañar a otras personas en sus procesos personales. Si te interesa saber más sobre esta formación, te invito a que descubras nuestro plan de estudios y profesorado descargándote el dossier.

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